
Ilustración: Daniela Arbeláez Suárez
Mi amiga vuelve de un retiro. Me dice: hay que escuchar al prójimo. Yo miro hacia arriba, después al cáliz que sostengo en la mano, y pienso: al otro, al mismo que no miras, que no miramos, porque huele fuerte y pincha y está arrugado como un papel de kitkat, con ese mejor taparse la nariz y seguir descendiendo, descendiendo por las escaleras que nos llevan al sephora, a ibiza, escaleras mecánicas embadurnadas de mantequilla que se deslizan por nuestras manos, y aunque te metas las manos en los bolsillos, no lograrás escuchar, le digo, aunque rompas ese espejo, no lograrás escuchar, le digo, porque llevamos unos tapones blancos que nos ponemos cuando salimos a bailar, y preferimos no mirar a nadie porque nos da vergüenza que nos vean, que nos vean estos ojos que escondemos detrás de nuestras pantallas que nos sirven para tapar el sol, que aquí dentro no llega, aquí dentro el sol no llega porque son las 4 de la mañana, y estamos en el baño haciendo garabatos sobre nuestra tarjeta de la universidad, universidad en la que estamos matriculadas a pesar de tener treinta años, porque aquí nos enseñan a pensar, y no queremos dejar de pensar porque necesitamos tener una opinión que publicar, una opinión que dejar en aquellas redes que antes pertenecían a surfistas y ahora pertenecen a oligarcas, oligarcas que también pintan garabatos, pero ellos, a diferencia de nosotras, lo hacen sobre una tarjeta tan pesada que necesitan ayuda para sostenerla, y ellos, como nosotras, también llevan pantallas en los ojos pero, en lugar de bailar, envían mensajes de odio y de miedo y se equivocan y meten la pata, pero en lugar de intentar remediarlo, se esfuerzan por promover más odio y más miedo y, además de pantallas, llevan tatuajes, tatuajes en las pupilas y en los párpados, tatuajes invisibles de frases que les dijeron sus padres o sus compañeros o algún profesor o tal vez ellos mismos: tú no sabes, tú no eres, tú no vales, y cuando sus ojos se fijan en ellas, y les piden, y les ruegan, y se ensañan, y se ensañan, y entonces gritan ¿que no valgo? y se ensañan más y más y en lugar de jugar al fútbol, en lugar de mezclar acuarelas, o de hacer portés, llevan a cabo campañas presidenciales, construyen túneles y llegan hasta el infinito a costa de toneladas de carbono y despidos y muertes y lloros y más muertes y a ellos todo les da igual porque de subir tan arriba se han reventado los tímpanos y ya no pueden escuchar, o tal vez nunca supieron escuchar… y no sé si nosotras alguna vez supimos, tampoco sé si ahora sabemos, pero por eso, esta noche, esta noche en la que me insistes, esta noche en la que me agarras la cara y me dices: vamos a escuchar al prójimo, yo voy a bajar el cáliz, dejarlo sobre la mesa, sacarme estas pantallas de encima, y decirte: vamos.
Texto editado por Laura Duarte.
Jimena Llamas (Madrid, 1997). Su pasión por el cine la descubrió tarde, hacia los diecisiete años, la primera vez que vio Mujeres al borde de un ataque de nervios. A escribir empezó un poco antes, a los trece. Le dio miedo estudiar Literatura y se licenció en Administración de Empresas. Ha trabajado en empresas tecnológicas, pero quiere ser escritora. Desarrolla una novela que reflexiona sobre la culpa. Ha vivido en Madrid, Londres, Dublín, Burdeos, y ahora, Nueva York.